
Cada 31 de octubre el Perú se debate entre dos celebraciones que conviven con naturalidad y entusiasmo: el Día de la Canción Criolla y Halloween. Dos expresiones culturales distintas, pero ambas profundamente arraigadas en el corazón de los peruanos. Mientras unos preparan guitarras, cajones y voces para entonar los clásicos del criollismo, otros afinan la creatividad para lucir sus disfraces, pedir dulces y llenar las calles de color y misterio. No es cuestión de generaciones, sino de gustos. Hay quienes disfrutan de ambas, encontrando en esta coincidencia una doble razón para celebrar.
El Día de la Canción Criolla, instaurado en 1944, es un homenaje a la música costeña, a los valses, marineras y polcas que marcaron la identidad del país. Una fiesta que recuerda a los grandes del criollismo —Chabuca Granda, Arturo Zambo Cavero, Óscar Avilés, Jesús Vásquez—, y que mantiene viva la nostalgia de una Lima de guitarras, balcones y serenatas. Halloween, por su parte, llegó del extranjero pero fue adoptado con la misma pasión. Los dulces, los adornos y la inventiva de los disfraces ya forman parte del calendario nacional. Es una fecha para jugar, reírse del miedo y compartir.
En Iquitos y en Loreto, la mezcla es aún más visible. Las calles se llenan de cumbia, música tropical y de terror, los locales ofrecen shows con artistas como Lucía de la Cruz o Jimmy Santi, mientras los niños recorren los barrios con sus bolsas de golosinas. Aquí, la fiesta no distingue edades ni tradiciones. Algunos bailan con un vaso en la mano, otros se esconden tras una máscara, pero todos celebran.
Este año, sin embargo, la jarana criolla se traslada al sábado, cediendo el protagonismo de las máscaras para este viernes. Una decisión práctica, pero también oportuna: hay espacio y tiempo para todo. Primero el espanto y la diversión, luego la guitarra y la emoción. En Loreto, la noche del 31 promete ser larga, con disfraces, luces y música hasta el amanecer, y el sábado, el turno será de los valses, los brindis y la nostalgia criolla. Así, una vez más, el Perú demuestra que tiene lugar para todos sus ritmos, para todas sus formas de celebrar la vida.