Halloween desplazó al Cristo Morado

Gerges Bocanegra Picon

Artículo del Periódico Digital LA SELVA
“TAHUAMPEANDO DETRAS DE LA MONTAÑA ”
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– La fiesta de las brujas desplazo a los feligreses al Estadio.
– El dia de la canción criolla fue arrinconada.
– La juventud tomo las calles, la policía se acuarteló.

Entre la pérdida del sentido y la urgencia de un proyecto político para la juventud.

Si desempolvamos a Gramsci, diríamos que hoy la hegemonía cultural cambió de manos. Las calles de Iquitos, que hace unos años se vestían de morado para acompañar al Cristo de Pachacamilla, hoy se tiñeron de neón, máscaras y gritos de libertad. Lo sagrado cedió su lugar a lo espectacular. Y la Iglesia, que antes cerraba las calles para la procesión, hoy las cierra para dejar pasar la caravana del Halloween.

No es solo una moda importada. Es el síntoma de una sociedad que perdió sus referentes. Durkheim nos advertía que cuando la religión deja de cumplir su función de cohesionar, llega la anomia: ese vacío moral y espiritual donde nadie sabe bien a qué pertenece.

Y en ese vacío, los jóvenes de Iquitos, de Loreto, del Perú entero, buscan ritos nuevos, formas nuevas de sentirse parte de algo. Lo hacen disfrazándose, bailando, gritando, porque nadie les dio un espacio para hablar en serio. Podemos decir que el hombre araña que se cuelga de un motocarro no está jugando a ser héroe, está pidiendo justicia en un país donde nadie lo defiende. La niña vestida de Cenicienta no busca un príncipe, busca un hada que la saque de la pobreza. Y ese Freddy Krueger que asusta, en el fondo encarna la venganza contra una sociedad que los mutila desde jóvenes: sin empleo, sin salud, sin futuro.

Si miramos a Marx, podríamos decir que esta juventud está rompiendo con la superestructura que ya no la representa. No creen en los congresistas que juran “en nombre de Dios” mientras aprueban leyes que los condenan a la precariedad. No creen en un sistema educativo que los forma para empleos que no existen. Ni en un Estado que se acuerda de ellos solo cuando votan o cuando los reprime.

Y si traemos a Bauman, podríamos agregar que vivimos en una modernidad líquida donde todo se disuelve: la familia, la fe, los ideales. En ese mundo, Halloween no es solo una fiesta: es una válvula de escape, una catarsis donde los jóvenes dicen, a su manera, “estamos vivos, aunque nos ignoren”.

Pero detrás de esa risa y ese ruido hay una gran soledad generacional. Nuestros jóvenes ya no creen en los templos, porque vieron cómo los curas callaban ante los corruptos. Ya no creen en el Congreso, porque vieron cómo los políticos usaban el nombre de Dios para saquear. Y tampoco creen en nosotros, los adultos, porque no supimos sostener los valores que les heredamos.

Esta generación no es indiferente: es huérfana. Y como toda generación huérfana, está buscando nuevos padres simbólicos, nuevos referentes que no les mientan. Por eso, este fenómeno que muchos ven como banal —una fiesta extranjera— es en realidad una llamada de auxilio. Una señal de que la juventud regional necesita un nuevo proyecto político que hable su lenguaje, que entienda su dolor, que canalice su rebeldía no hacia la destrucción, sino hacia la construcción.

Porque si la Iglesia ya no convoca y el Estado los excluye, solo queda la calle. Pero la calle sin dirección se convierte en ruido. Necesitamos una dirección, un horizonte, un proyecto político que les devuelva la dignidad de ser amazónicos, peruanos, jóvenes y soñadores.

Ese proyecto no puede ser un sermón ni un plan burocrático. Debe ser una revolución cultural y social que parta desde las regiones, desde Loreto, desde Iquitos, desde los barrios donde el Cristo Morado y el Hombre Araña hoy comparten la misma acera.
Un proyecto que entienda que educar, dar trabajo y abrir espacios culturales también es hacer política.

Que reconozca que el poder no se disputa solo en las urnas, sino también en el terreno simbólico donde hoy se está perdiendo la batalla: las mentes y los corazones de los jóvenes. Si Gramsci viviera, nos recordaría que toda lucha política es, antes que nada, una lucha cultural. Y esta noche, al ver a nuestros jóvenes disfrazados, entendí que esa lucha ya comenzó. Solo que todavía no tenemos quien la encabece con claridad, sin miedo, sin moralismos y sin doble discurso.

El Cristo Morado fue desplazado, sí, pero la fe no murió: cambió de forma, de escenario, de símbolos. Ahora está en esas calles, buscando a alguien que la organice, que la entienda, que la convierta en fuerza transformadora. Porque cuando un pueblo pierde sus símbolos, no se muere: solo está esperando que alguien le devuelva el sentido.

* Tomado del fanpage facebook