
✍️ Econ. Rany Francisco Rodríguez Reátegui
Artículo del Periódico Digital LA SELVA
“RUMBOS”
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La lluvia no tiene la culpa. Llega puntual, generosa, cumpliendo su ciclo ancestral sobre la Amazonía peruana. Sin embargo, cada temporada de precipitaciones vuelve a desnudar la misma escena de abandono: calles convertidas en canales, viviendas anegadas, niños caminando sobre tablones, comerciantes viendo flotar su sustento. Iquitos —esa ciudad única, sin carreteras que la unan al resto del país— se convierte en una isla dentro de sí misma, cercada no por el Amazonas, sino por su propia desidia.
Lo escandaloso no es la lluvia, sino la resignación institucional que se acumula como el agua estancada. Han pasado administraciones municipales, regionales y nacionales, y el sistema de drenaje urbano sigue siendo una promesa ausente. No se trata de un problema técnico imposible, sino de un síntoma político crónico: la incapacidad de priorizar lo básico frente a lo espectacular, de invertir en infraestructura silenciosa en lugar de en campañas ruidosas.
El caso del alcantarillado y la Planta de Tratamiento de Aguas Residuales (PTAR) de Iquitos es una herida abierta. Fue presentada hace poco más de una década como una de las mayores inversiones de saneamiento en la historia de la Amazonía peruana. Hoy, su legado es un monumento al despilfarro y la impunidad: una planta que nunca funcionó, un sistema de alcantarillado colapsado antes de nacer y un interminable rosario de juicios, culpables difusos y silencios cómplices. Mientras tanto, la brecha —ese abismo entre el discurso y la acción— sigue ensanchándose con cada tormenta.
En Iquitos, cada lluvia es también un recordatorio político. La inundación no distingue barrios ni colores partidarios; arrastra la memoria colectiva de un Estado que no ha aprendido a drenar ni sus aguas ni su corrupción. Y lo más preocupante es que, incluso frente al agua hasta el cuello, los candidatos siguen ofreciendo fiestas gratuitas, no soluciones; dádivas, no drenajes. Quizás porque saben que en un país donde las promesas flotan, la rendición de cuentas siempre se hunde primero.