Belén: un lugar que te sacude la cabeza y el corazón

Belén provoca un bamboleo constante en la cabeza. No es un lugar aburrido. Es una ciudad en forma de crucigrama de agua, de reflexión, de preguntas que nunca encuentran respuestas. Se ama porque no hay otro lugar igual en el Perú; se odia porque es sucia y porque no sabes si su gente realmente quiere irse.

Es un lugar que se comprende intentando entender a quienes viven allí. Te dan ganas de tener un familiar para visitar, aunque sea por unos días. Sorprende porque se vive por encima del río, donde preguntar por un baño no tiene sentido y donde la vida se adapta a lo imposible.

Belén puede parecer paraíso e infierno al mismo tiempo. No querrías vivir allí, pero tampoco quieres irte. Desde el malecón se baja por escaleras a una ciudad de caos hermoso: niños jugando entre barro, aguas servidas y basura, pero con sonrisas que brillan más que el oro.

No hay riqueza material, pero hay una inocencia envolvente, incluso en los adultos. Dicen que es peligroso, pero el verdadero riesgo parece ser la vida suspendida sobre el agua. Aquí es fácil morir, aunque también parece que Dios mira de vez en cuando este lugar.

Belén es cerveza bajo el calor, parrilla sencilla, risas selváticas, música que empieza con un hola y termina con un adiós. Es sentarse, compartir, observar y dejar que el río se lleve las ideas de cómo mejorar el lugar.

Ir a Belén siempre es una buena idea. Un escape, un bote, una vuelta corta para sentirse parte, aunque sea por minutos, de este dislate sociológico que, como muchos vicios, siempre llama y siempre hace volver.

Tomado del Facebook de Cristhian Bayro.