
– JERÍ: OTRO PRESIDENTE VACADO
El Perú vuelve a escribir una página dolorosa en su historia republicana. El Congreso destituyó al presidente interino José Jerí apenas cuatro meses después de haberlo colocado en el poder tras la salida de Dina Boluarte. Los mismos votos que lo encumbraron como solución de emergencia terminaron siendo los que precipitaron su caída. Tremendo. La política convertida en círculo vicioso.
Jerí no fue un presidente electo por las urnas para un mandato completo. Llegó por sucesión, en medio de la turbulencia, con la misión de conducir la transición hasta las elecciones generales de abril. No lo logró. Su gestión quedó rápidamente erosionada por el denominado “Chifagate”, una investigación fiscal que lo persigue por presuntos encuentros irregulares y tráfico de influencias. A ello se sumó su incapacidad para construir consensos sólidos en un Parlamento fragmentado y volátil.
La izquierda jugó un papel determinante en su ascenso y también en su caída. Sectores que promovieron la vacancia anterior terminaron impulsando nuevas mociones contra quien, en teoría, debía garantizar estabilidad. Pero más allá de la aritmética parlamentaria, lo cierto es que Jerí tampoco supo conducirse con la prudencia y firmeza que exigía el momento. Gobernar en crisis demanda muñeca política, liderazgo claro y una conducta sin sombras. No las tuvo.
El mensaje que el Perú envía al mundo es preocupante: presidentes que duran meses, alianzas efímeras y un Congreso que ejerce su poder máximo con una frecuencia que erosiona la confianza institucional. Cada vacancia puede tener sustento legal, pero la repetición constante debilita la percepción de estabilidad democrática. La legalidad no siempre garantiza legitimidad.
Ahora el Congreso deberá elegir a un nuevo titular del Parlamento, quien asumirá la Presidencia de la República de manera interina hasta el 28 de julio, cuando asuma el mandatario que resulte electo. El gabinete ministerial, mientras tanto, queda en una situación frágil y su continuidad dependerá del nuevo jefe de Estado. Otra vez el país en pausa, otra vez la incertidumbre.
Lo más grave no es solo la caída de un hombre. Es la sensación de que el sistema político peruano no logra salir de su espiral de confrontación permanente. Vacar puede ser constitucional; convertirlo en práctica recurrente es peligroso. La democracia no solo se mide por la capacidad de destituir, sino por la capacidad de sostener gobiernos estables.
Hoy tenemos otro presidente menos. Y una democracia más golpeada.