
En Iquitos la etiqueta de “barristas” ya no describe lo que ocurre en las calles. Detrás del nombre hay grupos que operan con lógica de control y choque: delimitan zonas, se organizan para atacar y se repliegan. No se trata de aliento deportivo, sino de violencia sostenida. Usan machetes, armas hechizas y, con más frecuencia, armas de fuego. El saldo no es simbólico: hay heridos graves y muertos.
La expansión no se limita a un punto. En barrios de la ciudad y en capitales cercanas como Requena se repite el mismo patrón: rutas que se evitan, esquinas que cambian de dueño según el día y desplazamientos condicionados por el riesgo. La presencia de estos grupos no es episódica; se instala, se reconoce y condiciona la vida diaria. La participación de menores —algunos armados— evidencia reclutamiento y continuidad.
Las intervenciones policiales han logrado detenciones puntuales, pero no han cortado la dinámica. Tras cada operativo, los grupos se recomponen y vuelven a salir. La discusión pública suele quedarse en el rótulo de “barras”, un término que minimiza lo que en la práctica funciona como violencia organizada de baja escala, con capacidad de daño alto y repetido.
El caso más reciente vuelve a mostrar el nivel de escalamiento: un joven murió tras un enfrentamiento entre estos grupos en Iquitos. Hubo disparos. La víctima fue llevada a un centro de salud y falleció por la gravedad de las heridas. La Policía investiga y ha intervenido a varios implicados, incluidos menores. No es un hecho aislado ni excepcional; es la confirmación de un patrón que se repite con variaciones, pero con el mismo resultado.
Seguir llamándolos “barristas” es quedarse corto. Lo que hay son bandas que usan el fútbol como cobertura para ejercer violencia, disputar espacios y reclutar. Nombrarlo con precisión no es un detalle: es el punto de partida para enfrentar un problema que ya dejó de ser ocasional y que, si no se corta, seguirá produciendo víctimas.
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