
❇️❇️❇️❇️❇️❇️❇️❇️❇️❇️
MÁS ENTENDER QUE PERTENECER
He pasado media vida cambiando de opinión. He sido caviar. He sido rabiosamente de izquierda. He sido rabiosamente de derecha. Sigo siendo hippie. He estado en el centro, en los márgenes y, más de una vez, completamente confundida. Quizá por eso, a estas alturas, me interesa más entender que pertenecer.
No lo digo como virtud. Cambiar de opinión también tiene su lado ridículo. Una va dejando cadáveres ideológicos por el camino: frases que defendió con solemnidad, enemigos que luego dejaron de parecerle tan monstruosos, certezas que se cayeron como estante barato en temblor. Pero quizá esa sea precisamente la ventaja de haber habitado varias trincheras: una aprende a desconfiar del fervor propio. Y también del ajeno.
En estos días, mientras el país espera el cierre definitivo de una elección otra vez apretadísima, he vuelto a ver lo mismo de siempre: gente inteligente hablando como hincha borracho después de un clásico. Si gana uno, el país se salva. Si gana el otro, el país se acaba. Si votaste distinto, eres bruto, resentido, facho, comunista, pituco sin alma, indio con pezuña, caviar de canapé o ignorante con derecho a voto. El menú de insultos peruano nunca decepciona. Somos un país pobre en instituciones, pero riquísimo en desprecio.
Si Keiko Fujimori llega a Palacio, será un hecho histórico: la primera mujer elegida democráticamente para gobernar el Perú. Después de cuatro postulaciones, derrotas, odios acumulados, errores propios y ajenos, y una resistencia política que parece escrita por alguien con demasiada paciencia, habrá llegado a donde durante años parecía condenada a no llegar. Eso no me produce euforia. Me produce, más bien, una tranquilidad sobria.
No porque crea que va a resolver todos nuestros problemas ni porque me haya vuelto fujimorista de pronto. Tampoco porque olvide lo que el fujimorismo ha significado para millones de peruanos, para bien y para mal. Me tranquiliza, si se confirma, que una vez más el país haya elegido en las urnas y que las instituciones sigan haciendo su trabajo en medio de la sospecha, el griterío y la neurosis nacional. En el Perú, que las cosas se cuenten, se revisen y se esperen ya es casi una hazaña administrativa con olor a milagro.
Pero también he vivido lo suficiente para desconfiar de las caricaturas. No votamos como votamos porque unos sean indios con pezuña, ni porque otros sean pitucos fachos. No porque unos sean nazis, ni porque otros sean ignorantes. No porque media nación sea moralmente superior y la otra media una desgracia antropológica. Esa explicación puede servir para sentirse limpio en una sobremesa, pero no sirve para entender un país.
Cuando dejamos de ver personas y empezamos a ver categorías, dejamos también de entendernos. Un voto nunca es solo un voto. A veces es miedo. A veces es memoria. A veces es rabia. A veces es gratitud. A veces es rechazo. A veces es cansancio. A veces es una forma torpe de pedir orden. A veces es una forma desesperada de exigir dignidad. Y a veces, sí, también es estupidez, resentimiento o cálculo. Pero reducir millones de votos a una sola palabra es una forma bastante cómoda de no pensar.
La mitad del país llegó a una conclusión distinta de la mía. Y en vez de preguntarnos qué tan estúpidos son los que votaron diferente, quizá deberíamos preguntarnos qué están viendo ellos que nosotros no vemos. Qué heridas les pesan. Qué miedos les hablan. Qué experiencias los empujaron hasta ahí. Qué cosas nosotros no escuchamos porque estábamos demasiado ocupados confirmando que teníamos razón.
El Perú no se entiende desde una burbuja, aunque la burbuja tenga buena vista, buen café y frases ingeniosas. Tampoco se entiende desde el resentimiento puro, aunque el resentimiento tenga causas reales y heridas legítimas. El país es más feo, más complejo y más terco que nuestras etiquetas. Cada vez que intentamos meterlo en una palabra, se nos escapa por debajo de la puerta.
Por eso me interesa más entender que pertenecer. Pertenecer es cómodo. Te da tribu, enemigos, consignas, aplausos y la maravillosa sensación de estar del lado correcto de la historia, ese sillón psicológico tan mullido donde tanta gente se queda dormida. Entender, en cambio, incomoda. Obliga a escuchar al que te irrita, a mirar al que no quieres mirar, a aceptar que quizá tu enemigo no es un monstruo sino una persona que llegó a otra conclusión con otros miedos, otras pérdidas y otra biografía.
Sospecho que al Perú le vendría bien un poco más de curiosidad y un poco menos de desprecio. Menos caricatura. Menos superioridad moral de boutique. Menos insulto automático. Menos necesidad de convertir al otro en animal para no tener que escucharlo.
Porque al final, gane quien gane, la mitad del país seguirá ahí. No se evapora. No se muda. No desaparece porque alguien la insulte mejor. Seguirá votando, trabajando, criando hijos, enterrando muertos, pagando cuentas, odiando, esperando, equivocándose y teniendo miedo, igual que nosotros.
Y quizá el primer gesto adulto sea aceptar eso: que ningún resultado electoral nos exonera de entender al país que compartimos. Aunque nos caiga mal. Aunque nos dé cólera. Aunque a veces, francamente, nos provoque mandarlo todo al carajo.
✍️Susana Luna Victoria