
✍️Econ. Rany Rodríguez Reátegui
Artículo del Periódico Digital LA SELVA
“RUMBOS”
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Por décadas, Perú ha sido celebrado —y con razón— como una economía sorprendentemente resistente. Gobiernos que caen, presidentes que se suceden con vértigo, crisis políticas que harían tambalear a cualquier país. Y sin embargo, la macroeconomía persiste. Crece, se estabiliza, respira. Como si el país hubiera aprendido a sobrevivir a su propia política.
Pero esa resiliencia, tantas veces elogiada, encierra una paradoja particular: Perú resiste no gracias a su sistema, sino a pesar de él.
La última década, de 2016 a 2026, ha sido un espectáculo de fragmentación política que recuerda más a una saga de intrigas que a una república moderna. Presidentes destituidos, congresos enfrentados, reformas truncas. Un “Juego de Tronos” sin dragones, pero con consecuencias reales. En ese contexto, la estabilidad económica no es señal de fortaleza institucional, sino de una sociedad que ha aprendido a operar al margen del Estado.
Esa lógica se expresa con crudeza en la informalidad: más del 70% de la población económicamente activa trabaja fuera de las reglas. Para SUNAT, esto no es una estadística abstracta, sino una batalla cotidiana. Pero la informalidad no es solo un problema económico; es un rasgo cultural. Una “cultura de transgresión”, donde la norma no se cumple, sino que se negocia, se elude o se ignora.
Y, sin embargo, hay un fenómeno aún más profundo y menos discutido: lo que podría llamarse la “cultura de archipiélago”.
En Perú, cada actor —individuo, grupo, institución— parece operar como una isla. En los colegios, en las oficinas, en los gremios empresariales, en los ministerios. La cooperación no es la regla; es la excepción. Los incentivos favorecen la fragmentación, no la articulación. El resultado es un país donde la suma de las partes rara vez se convierte en un todo coherente.
Las elecciones recientes ofrecen un ejemplo elocuente. Más de treinta candidatos presidenciales compitiendo sin capacidad —ni voluntad— de construir alianzas significativas. La consecuencia es una segunda vuelta donde los finalistas apenas rozan el 30% de los votos válidos. En otras palabras y por simple matemática, es un país donde el 70%, o más de los ciudadanos, no se siente representado por quien finalmente gobernará hasta el 2031.
Esto no es solo un problema político. Es una crisis de representación que erosiona la legitimidad misma de la democracia.
La misma lógica se reproduce en la economía. Sectores empresariales que protestan, por ejemplo, contra los contratos gobierno a gobierno (G2G), pero que no logran competir en estándares tecnológicos o de gestión. Gremios que prefieren el lobby a la innovación.
Conflictos entre transportistas que responden más a rivalidades internas que a estrategias de competitividad. El statu quo, para muchos, es más rentable que el cambio.
Incluso el fútbol —ese espejo emocional de la nación— refleja esta fragmentación. Talento individual hay. Pero el colectivo falla. La selección, bajo la órbita de la Federación Peruana de Fútbol, parece atrapada en la misma lógica: esfuerzos dispersos, ausencia de un proyecto sostenido, incapacidad de consolidar equipo.
La pregunta, entonces, no es por qué Perú no avanza más rápido. Es por qué, con tanto potencial, insiste en avanzar solo, como cada quién en su pequeña isla.
Cambiar esta trayectoria no pasa únicamente por reformas económicas o políticas. Requiere algo más difícil: una transformación cultural. Pasar de la lógica de la isla a la del continente. De la competencia fragmentada a la cooperación estratégica. De la supervivencia individual a la construcción colectiva.
Perú ha demostrado que puede resistir. El desafío ahora es demostrar que puede coordinar.
Porque resistir no es lo mismo que progresar. Y un país que vive en archipiélagos difícilmente construirá un futuro común