#opinion | NO ES TIEMPO DE TIBIEZAS: VOTAR EN BLANCO O VICIAR EL VOTO TAMBIÉN ES RENUNCIAR A DECIDIR

Por Isabel Rengifo

Hay momentos en la historia democrática de un país en los que la neutralidad deja de ser una postura cómoda para convertirse en una decisión con consecuencias. Este es uno de esos momentos.

Hoy, cuando Perú enfrenta una elección profundamente polarizada, hablar de voto en blanco o de viciar el voto como si fuera una salida inocua o una expresión políticamente neutra me parece un error. Puede ser una forma legítima de protesta, sí. Pero también es, en una contienda cerrada, una renuncia a intervenir activamente en la definición del rumbo del país.

No es tiempo de medias tintas. No es tiempo de titubeos.

Porque cuando la democracia atraviesa tensiones institucionales, cuando el país discute no solo propuestas sino modelos políticos, estabilidad, visión económica y respeto al orden democrático, el voto deja de ser solo un acto individual: se convierte en una responsabilidad colectiva.

Votar en blanco o viciar el voto no elige. No corrige. No define. No confronta. Solo deja que otros decidan.

Y eso debe decirse con claridad.

En el Perú, los votos válidos son los que finalmente determinan la competencia electoral. Por eso, en una elección ajustada, el ciudadano que decide no optar por ninguna alternativa no detiene el proceso ni modifica la correlación entre quienes sí concentran apoyo político. Su protesta puede ser moralmente válida, pero políticamente tiene efectos concretos: reduce la incidencia del voto activo frente a estructuras electorales organizadas.

Por eso el debate no puede quedarse en el “todos son iguales” o en el cansancio ciudadano.

No. Hoy el voto debe ser analizado con responsabilidad.

Y aquí entra un tema que muchos prefieren esquivar: el elector no solo debe mirar discursos de campaña. Debe revisar trayectorias, alianzas, contradicciones, entornos políticos, coherencia ideológica, antecedentes y señales de gobernabilidad.

Es legítimo que la ciudadanía observe con preocupación los intentos de moderación de imagen o desplazamientos discursivos cuando ciertos sectores buscan acercarse al centro político después de haber estado históricamente vinculados a posiciones más radicales. También es válido que se analicen las relaciones, afinidades o cercanías políticas que, en campaña, pueden intentar reinterpretarse o minimizarse.

Eso no es miedo. Eso es escrutinio democrático.

Y del otro lado, tampoco corresponde votar por odio heredado, por consignas vacías o por el reflejo automático del antifujimorismo o del antiizquierdismo. El país necesita discusión seria, no trincheras emocionales.

Lo que sí preocupa es cuando el debate político se sustituye por la diatriba, la confrontación permanente o la narrativa de desinformación, venga de donde venga. Perú ya ha pagado demasiado caro por la polarización sin contenido.

Por eso esta elección exige más que indignación: exige memoria, criterio y vigilancia.

No basta con votar.

Hay que cuidar el voto.

Hay que fiscalizarlo.

Hay que ser personeros.

Hay que observar.

Hay que defender la legitimidad del proceso.

Porque la democracia no solo se protege en las urnas; también se protege en la participación ciudadana activa.

Hoy, más que nunca, el voto responsable implica estudiar propuestas, revisar equipos técnicos, analizar viabilidad económica, estabilidad institucional, respeto por las libertades y capacidad real de gobierno.

Votar en blanco o viciar puede parecer una protesta. Pero en una elección decisiva, también puede convertirse en una retirada silenciosa del espacio donde se define el futuro del país.

Y cuando el futuro está en juego, retirarse también es una decisión.

Yo creo que este no es tiempo de tibiezas.

Es tiempo de pensar.

De decidir.

De cuidar el voto.

Y de asumir, con esperanza y responsabilidad, que la democracia también depende de lo que hacemos —o dejamos de hacer— frente a una urna.

✍️Isabel Rengifo