POR: SUSANA LUNA VICTORIA

❇️❇️❇️❇️❇️❇️❇️❇️❇️❇️❇️❇️

#opinion | La política peruana es una máquina de hacer tragar sapos.

(Sin Hepabionta ni protector estomacal)

Durante años tuve clarísimo cuál era el mío: Keiko Fujimori.

No me costaba odiarla. Era fácil. Incluso reconfortante. Yo ya tenía el veredicto antes de escuchar la defensa. No necesitaba que hablara. No necesitaba que explicara nada. El expediente moral estaba cerrado.

Luego llegó Pedro Castillo.

Y la realidad me obligó a tragarme mi propio sapo.

Uno empieza creyendo que votará por ideas, principios, programas y visiones de país. Los años se encargan de curar esa inocencia. Pasan los presidentes presos, fugados, vacados, improvisados o inútiles, y el plato vuelve a la mesa. Otro sapo.

En 2021 voté por Keiko por miedo. No por entusiasmo. No por amor. No por olvido. Por miedo. Un miedo que muchos consideraban exagerado y que, sin embargo, terminó materializándose cuando Castillo intentó disolver las instituciones al margen del marco constitucional. Que no le haya salido no lo vuelve inocente. Solo lo vuelve incompetente.

Por eso observé este debate con ojos distintos a los de hace algunos años.

Roberto Sánchez dedicó gran parte de su intervención a atacar a Keiko Fujimori. Era previsible. Cuando una candidatura no logra entusiasmar por sí misma, el camino más corto suele ser el miedo. Sánchez lo recorrió con disciplina: corrupción, autoritarismo, Congreso, fujimorismo. Algunos temas reales, por supuesto (no hay que hacerse al tonto), pero también dejó al descubierto una carencia evidente: quien pasa demasiado tiempo hablando del adversario termina revelando que tiene poco que ofrecer.

Su primera jugada tampoco fue casual: empezó destacando que había acudido acompañado de su familia. Como si la familia fuese una credencial moral. Como si en el Perú todavía tuviéramos que asumir que una foto familiar certifica virtud, honestidad o capacidad de gobierno. Frente a una mujer divorciada, con una historia familiar rota y una biografía atravesada por pérdidas, el comentario sonó menos a ternura doméstica que a golpe calculado.

Pero las familias no garantizan nada. Hay hogares admirables y hogares corruptos. Hay clanes que se abrazan mientras se reparten el botín, y hay personas solas que tienen más carácter que una tribu entera posando para la foto.

Sánchez tampoco tiene la apariencia ingenua que alguna vez tuvo Castillo. Castillo parecía torpe y demasiada gente confundió torpeza con inocencia. Parecía limitado y eso se interpretó como humildad. Parecía perdido y se convirtió en víctima. Sánchez es otra cosa. Tiene la seguridad de quien conoce los pasillos del poder y sabe cómo moverse en ellos.

Lo más inquietante fue verlo atacar con tanta ferocidad mientras caminaba con extrema cautela alrededor de ciertos nombres. Antauro Humala sigue siendo el elefante en la habitación que la izquierda no termina de mirar de frente: demasiado radical para abrazarlo sin costo, demasiado útil para condenarlo sin ambigüedades. Y los silencios dicen más que los discursos.

Y sin embargo, lo que más me llamó la atención no fue Sánchez.

Fue Keiko.

Durante años su frialdad me pareció insoportable. Sospechosa, incluso. La interpretaba como arrogancia, cálculo o falta de humanidad. Hoy ya no estoy tan segura.

Uno puede llamar frialdad a lo que no entiende.

También puede ocurrir que esté viendo otra cosa.

Keiko Fujimori ha perdido tres elecciones presidenciales, dos de ellas por márgenes mínimos. Ha estado presa en preventiva, ha cargado durante décadas con un apellido que es simultáneamente herencia y condena, se separó, enterró a sus padres, vio a su hermano convertirse en adversario —o viceversa—, pidió perdón más de una vez, cometió errores graves y siguió de pie.

Eso no la absuelve.

Pero tampoco es poca cosa.

Hay gente que confunde vulnerabilidad con virtud. No siempre lo es. A veces la vulnerabilidad es noble. A veces es simplemente fragilidad bien narrada. Yo misma he tenido épocas de piel demasiado delgada. He sufrido por cosas que hoy apenas me rozan. La vida, con los años, va endureciendo ciertas zonas y enseñando cuáles batallas merecen realmente nuestras lágrimas.

Quizá por eso hoy veo en Keiko algo que antes no veía: temple.

No necesariamente bondad. No necesariamente sabiduría. Mucho menos perfección. Pero sí resistencia.

Su mayor defecto comunicacional puede ser también su mayor fortaleza. No conmueve, pero tampoco se descompone. No seduce, pero permanece. No actúa cercanía, ni pueblo, ni redención. Simplemente resiste.

Al final, los dos candidatos cargan mochilas pesadas. Keiko carga su apellido, sus errores, sus soberbias, su bancada y los fantasmas que nunca terminan de irse. Sánchez carga a Castillo, a Antauro, a una izquierda que sigue sin deslindar con claridad de aquello que aún le resulta útil y a esa vieja tentación peruana de vender resentimiento como justicia social.

Y los peruanos seguimos aquí, una vez más, eligiendo desde el cálculo del daño menor.

Qué país tan agotador.

Quizá madurar políticamente sea precisamente esto: dejar de esperar pureza donde solo hay sobrevivientes, intereses, heridas, errores y sapos inevitables.

Yo no amo a Keiko.

No olvido.

No absuelvo.

Pero ya no puedo odiarla como antes.

La realidad me quitó ese lujo.

Esencialmente, los cambios fueron de precisión, puntuación y fluidez. El fondo de la columna permanece intacto.

*** De redes de Susana Luna Victoria